El origen del Peronismo
según la Izquierda Nacional.
En esta corriente el primer
estudio a destacar será el realizado por los autores Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero. En
su libro Estudio sobre los Orígenes del
Peronismo estos autores realizarán un análisis de la relación entre el
populismo y la clase trabajadora poniendo en duda las explicaciones más obvias
acerca de la configuración del Movimiento Nacional y Popular en Argentina, con
su análisis pondrán en duda las interpretaciones de Gino Germani, tan vigentes
y arraigadas en los modelos históricos previos.
En la segunda parte del
libro ya mencionado anteriormente los autores realizarán un análisis, en el
primer capítulo, acerca de las versiones previas sobre el origen del peronismo
y explicarán las hipótesis que propusieron, entre muchos autores, Gino Germani[1]. Antes de entrar de lleno
en su análisis, los autores mencionaran las tres hipótesis que guiaran su
trabajo:
·
“en el surgimiento del peronismo tuvieron una
intensa participación organizaciones y dirigentes del sector de obreros viejos”
·
“Es
difícil otorgar la caracterización de pasiva, heterónoma y con miras de
corto alcance a la participación obrera en el proceso de constitución del
movimiento nacional popular”
·
“que la participación conjunta de viejos y nuevos
implicaba un proyecto social de cierto alcance y tenía como componente importante la continuidad programática con
reclamos previos de las organizaciones obreras, del mismo modo que la
posibilidad de participación obrera en una alianza poli clasista era ya una
tendencia con importantes antecedentes en el sindicalismo anterior al
peronismo.”[2]
Según su opinión, el primer
rasgo que aparece a la hora de analizar el peronismo es el papel que tiene el
sindicalismo como “factor constituyente”, este dato no pasa desapercibido para
ninguno de los observadores, lo que sí
señalan es que no se analizan en la medida de sus posibilidades, muy ricas
teniendo en cuenta que marcan la diferencia entre el peronismo y otros
movimientos populistas, y se pone
énfasis en “las diferencias psicosociales que separan a los nuevos trabajadores
de los viejos”. De esta manera se simplifican los análisis con dos hipótesis
complementarias y condicionantes una de otra: hay un “proceso de manipulación
de las masas obreras por una elite ajena a la clase” este proceso crece sobre
una ausencia de organización obrera autónoma. Entonces de esta manera el apoyo
de las masas al populismo está ligado a la ausencia de una organización
sindical previa y al crecimiento desbordado de una “nueva clase obrera” que
desborda los pocos “marcos asociativos” y se expresará por los nuevos marcos institucionales
creados por el Estado.
Contra estas teorizaciones
los autores intentaran demostrar la “importancia que el sindicalismo organizado
adquiere durante el proceso de gestación del movimiento”.
A la conclusión que llegarán
los autores, es que en el proceso
de génesis del peronismo tuvieron mucha
influencia y participación los dirigentes y las organizaciones gremiales
“viejas”, esta participación se hizo visible desde los sindicatos y desde la
CGT y luego se canalizo a través del Partido Laborista. Lo que invertirán de
los viejos estudios es la participación que tendrán los obreros “recién”
llegados a la ciudad, como los gremios organizados luego de 1943, en donde más
que destacar la “división interna de la clase obrera” tomará en cuenta su unión
como “un sector social sometido a un proceso de acumulación capitalista sin
distribución del ingreso”[3]
En su análisis analizaran en base a datos
bibliográficos y estadísticas la situación del movimiento obrero previo al
surgimiento del peronismo, destacando que con la llegada del golpe militar de
1943 se encontrará una clase trabajadora que intensificó su movilización y
combatividad, pero que no había resuelto a su favor las reivindicaciones
planteadas.[4]
Con los datos planteados se
pone en evidencia, que en el momento de gestación del peronismo, el corte o la
división del peronismo es una variable insuficiente para remitirse como
explicación de su surgimiento. [5] No se trata de invertir las
teorías precedentes, sino de relativizarlas, ya que la influencia de los
trabajadores y organizaciones “nuevas”
sobre las tradicionales existen, pero no son condiciones necesarias para
el surgimiento de experiencias políticas nacionales populistas.
En el caso de Argentina,
señalan los autores, “a la estructuración política del movimiento (populista) y
su ascenso al poder, antecede un momento inicial en el proceso de
industrialización en el que tiene lugar un intenso ritmo de acumulación capitalista,
sin la vigencia simultánea de políticas
distribucionistas que puedan operar una
integración (…) de la clase obrera en el sistema”. En el caso de Argentina los
comportamientos de la clase obrera no cambiarán respecto de los modelos de
conducta en países industrializados europeos, por lo que los rasgos que hacen
particulares al movimiento peronista habría que buscarlos en las
“modificaciones operadas por un crecimiento industrial desplegado en la dependencia
externa, que llevará a “nuevos reagrupamientos y alianzas entre sectores y
clases” los cuales serán absolutamente diferentes a los que tuvieron lugar en el modelo clásico de industrialización de
los países centrales. Además para ellos la diferencia habrá que buscarlas en el
hecho de que “la búsqueda de participación obrera se cruzó con fragmentaciones
y reagrupamientos en el interior de las clases propietarias y de los grupos que
tendían a representarlas de modo que la alternativa para una alianza
interclases se abrió rápidamente”. En el caso argentino, explayan, el
crecimiento industrial, enmarcado en la dependencia, sumado al control que
ejercieron las capas sociales y grupos políticos ligados a la tierra, generaron
el desarrollo de unas fuerzas internas “no obreras”, que también fueron marginadas
y cuya presencia obligó a cambiar y desplazar momentáneamente el eje de
conflicto tradicional entre clases propietarias y obreras, produciendo un nuevo
realineamiento de fuerzas que “cortó verticalmente a la sociedad y se cristalizó
en nuevas formas de alianzas de clases, elaboradas a partir de la
coincidencia en un proyecto más amplio de política nacional”.[6]
Para concluir los autores
Murmis y Portantiero, comprobaran que la particularidad que distingue al
peronismo dentro de la tipología de
movimientos nacional populares, es que “en él la participación obrera a través
de organizaciones sindicales, ya sea en el momento de su apogeo como en el de
su estructuración o su caída, tiene un
peso propio en relación con las otras formas posibles de participación, como no
lo alcanzó en ninguna experiencia nacional popular contemporánea en América
latina”, este punto de vista estará dado desde, no una “heterogeneidad” de la
clase obrera como planteaba Germani, sino desde una “homogeneidad” de la clase obrera “como fuerza de trabajo
explotada” en un momento de culminación de un largo proceso de acumulación sin
distribución.[7]
Esta hipótesis también será
trabajada por Louise Doyon en su artículo “La formación del sindicalismo peronista”,[8] donde trabajara las reacciones del movimiento
sindical frente al nuevo fenómeno.
Para comenzar la autora
explica que las principales corrientes sindicales, los comunistas y socialistas, serán las que
conocerán el rigor del régimen. En su análisis
la autora menciona que en el momento del
golpe de 1943 solo un 20 % de los trabajadores estaba organizado, y que
incluso había divisiones en el movimiento, porque los conflictos entre
socialistas y comunistas (algo también tomado por Puiggros en su análisis)
habían conducido a la formación de centrales sindicales rivales. El clima de
represión sostenido por los militares fue cambiando con la designación de Perón
al frente del Departamento Nacional del Trabajo, ya que él poseía “una visión
de la cuestión social más elaborada y menos regresiva”. Perón creía que era
necesario “rehabilitar el papel mediador del Estado entre el capital y el
trabajo”.[9] Según señala la autora a la
llamada de Perón los dirigentes sindicales fue cuidadosa, con bastante “recelo”,
la novedad estuvo en “la transformación
del Estado en una instancia política a la que podían recurrir los trabajadores
para equilibrar las relaciones de fuerza en el mercado de trabajo”[10]. Pero como menciona, el “compromiso político”
que buscaba Perón con los sindicatos se le mostró esquivo; “los dirigentes
obreros aprovecharon las nuevas oportunidades, mientras que al mismo tiempo,
trataban de mantener la mayor distancia” del gobierno. Esta “táctica
oportunista” será mantenida hasta 1945,
con la nueva situación en el terreno
internacional. Con la ofensiva de los empresarios hacia las medidas de la
Secretaría de Trabajo y con la situación de crisis política que obligo a Perón
a renunciar, los “dirigentes obreros tomaron partido, en defensa de Perón”.
Luego de lo acontecido el 17
de octubre, los “líderes obreros de los más diversos orígenes” trataron de
participar de forma autónoma en la contienda electoral” con la formación del
Partido Laborista, y ofrecieron la candidatura a Perón, quien luego de ganadas
las elecciones trató de disminuir en el
movimiento las pretensiones de autonomía, hasta llegar a la CGT, la cual se
transformo “en un representante del gobierno ante el movimiento obrero”.[11] Pero la autora avanzará hacia la refutación
de la teoría que proponía un “repliegue del movimiento sindical como actor
sociopolítico” desde lo ocurrido con la CGT y hasta 1955. Según esta hipótesis,
el “movimiento sindical, devendría en una fuerza impotente, mientras que la
masa obrera, predispuesta a una relación paternalista, se limitaría a recibir
pasivamente los beneficios sociales”, esta afirmación, sostiene Doyon, seria
restarle importancia al movimiento sindical durante la década, porque “los
sindicatos consiguieron retener la capacidad de promover los intereses
sectoriales de los trabajadores” y añade que la experiencia obrera en estos
años no fue la propia de una “masa amorfa e inorgánica activada por la
convocatoria de un líder carismático”.
Los datos sobre los que la
autora sostiene esa expresión provienen de los datos del movimiento sindical
luego de 1946, según Doyon “hacia 1943 difícilmente se podía hablar en la
Argentina de un sindicalismo de alcance nacional. Eso fue lo que cambió y muy
rápidamente a partir de 1946”, esto se debió en parte a los “auspicios del
gobierno” que lograron hacer crecer los niveles del
movimiento obrero organizado a un nivel nunca visto. El crecimiento fue tal que
la autora señala que “a partir de 1950 (…) el nivel de afiliación alcanzó valores comparables a los de los países de
Europa”.
Pero el movimiento obrero no
se limitó sólo a masivas afiliaciones ni
a expresiones multitudinarias avalando a su
“líder”, sino que además de eso a partir de 1946 lograrán mediante paros
y huelgas un ola de “movimientos reivindicativos”[12]. Incluso
cuando la CGT fue cooptada políticamente por el gobierno, las
estadísticas demostraron que fue “el pico máximo de la movilización obrera”.
Para concluir su análisis,
Doyon menciona que para el sindicalismo y el movimiento obrero la primera etapa
peronista, fue una época de crecimiento, ya que “abandonó la condición
periférica que ocupaba hasta entonces, para ganar una influencia notable en la vida económica y política del país”.
Esta relación que hubo entre el movimiento y el gobierno tuvo consecuencias
para ambos bandos, no se “podía hablar de un sindicalismo que actuara como un
grupo de presión autónomo”, pero “los poderes públicos quedaron expuestos a las
demandas de los trabajadores que aspiraban a representar” y por lo tanto
pasaron a ser “uno más de los instrumentos”
mediante los cuales los trabajadores ampliaban su participación social y
política. A lo que añade como reflexión final que “el sindicalismo fue una de
las creaciones del régimen, y de todas, fue la que logró sobrevivir a su caída
en 1955”[13].
[1]Murmis,
M y Portantiero J. C.; Estudios sobre los
Orígenes del Peronismo; Siglo XXI; Buenos Aires; 1984. Segunda Parte: El
movimiento Obrero en los orígenes del peronismo.
[2]
Murmis, M y Portantiero J. C.; Estudios
sobre los Orígenes del Peronismo; Siglo XXI; Buenos Aires; 1984. Segunda
Parte: El movimiento Obrero en los orígenes del peronismo; pag. 129.
[3] Ibídem;
pág. 132
[4]Ibídem;
pág. 149
[5] Ibídem;
pág. 165
[6] Ibídem;
pág. 168
[7]
Ibídem. P. 168 - 170
[8]
Doyon, Louise; en Los años peronistas
(1943-1955); Dirigido por Juan Carlos Torre; Ed Sudamericana; Buenos Aires;
2002.
[9]Ibídem.
Pág. 361
[10] Ibídem.
Pág. 363
[11]
Ibídem pág. 368
[12]
Ibídem pág. 372
[13]
Ibídem. P. 402
No hay comentarios:
Publicar un comentario