viernes, 27 de junio de 2014

El origen del Peronismo según la Izquierda Nacional.

En esta corriente el primer estudio a destacar será el realizado por los autores  Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero. En su libro Estudio sobre los Orígenes del Peronismo estos autores realizarán un análisis de la relación entre el populismo y la clase trabajadora poniendo en duda las explicaciones más obvias acerca de la configuración del Movimiento Nacional y Popular en Argentina, con su análisis pondrán en duda las interpretaciones de Gino Germani, tan vigentes y arraigadas en los modelos históricos previos.
En la segunda parte del libro ya mencionado anteriormente los autores realizarán un análisis, en el primer capítulo, acerca de las versiones previas sobre el origen del peronismo y explicarán las hipótesis que propusieron, entre muchos autores, Gino Germani[1]. Antes de entrar de lleno en su análisis, los autores mencionaran las tres hipótesis que guiaran su trabajo:
·         “en el surgimiento del peronismo tuvieron una intensa participación organizaciones y dirigentes del sector de obreros viejos”
·         “Es  difícil otorgar la caracterización de pasiva, heterónoma y con miras de corto alcance a la participación obrera en el proceso de constitución del movimiento nacional  popular”
·         “que la participación conjunta de viejos y nuevos implicaba un proyecto social de cierto alcance y tenía como componente  importante la continuidad programática con reclamos previos de las organizaciones obreras, del mismo modo que la posibilidad de participación obrera en una alianza poli clasista era ya una tendencia con importantes antecedentes en el sindicalismo anterior al peronismo.”[2]
Según su opinión, el primer rasgo que aparece a la hora de analizar el peronismo es el papel que tiene el sindicalismo como “factor constituyente”, este dato no pasa desapercibido para ninguno de los  observadores, lo que sí señalan es que no se analizan en la medida de sus posibilidades, muy ricas teniendo en cuenta que marcan la diferencia entre el peronismo y otros movimientos populistas, y  se pone énfasis en “las diferencias psicosociales que separan a los nuevos trabajadores de los viejos”. De esta manera se simplifican los análisis con dos hipótesis complementarias y condicionantes una de otra: hay un “proceso de manipulación de las masas obreras por una elite ajena a la clase” este proceso crece sobre una ausencia de organización obrera autónoma. Entonces de esta manera el apoyo de las masas al populismo está ligado a la ausencia de una organización sindical previa y al crecimiento desbordado de una “nueva clase obrera” que desborda los pocos “marcos asociativos” y se expresará por los nuevos marcos institucionales creados por el Estado.
Contra estas teorizaciones los autores intentaran demostrar la “importancia que el sindicalismo organizado adquiere durante el proceso de gestación del movimiento”.
A la conclusión que llegarán los autores, es que  en el proceso de  génesis del peronismo tuvieron mucha influencia y participación los dirigentes y las organizaciones gremiales “viejas”, esta participación se hizo visible desde los sindicatos y desde la CGT y luego se canalizo a través del Partido Laborista. Lo que invertirán de los viejos estudios es la participación que tendrán los obreros “recién” llegados a la ciudad, como los gremios organizados luego de 1943, en donde más que destacar la “división interna de la clase obrera” tomará en cuenta su unión como “un sector social sometido a un proceso de acumulación capitalista sin distribución del ingreso”[3] 
En su  análisis analizaran en base a datos bibliográficos y estadísticas la situación del movimiento obrero previo al surgimiento del peronismo, destacando que con la llegada del golpe militar de 1943 se encontrará una clase trabajadora que intensificó su movilización y combatividad, pero que no había resuelto a su favor las reivindicaciones planteadas.[4]
Con los datos planteados se pone en evidencia, que en el momento de gestación del peronismo, el corte o la división del peronismo es una variable insuficiente para remitirse como explicación de su surgimiento. [5] No se trata de invertir las teorías precedentes, sino de relativizarlas, ya que la influencia de los trabajadores y organizaciones “nuevas”  sobre las tradicionales existen, pero no son condiciones necesarias para el surgimiento de experiencias políticas  nacionales populistas.
En el caso de Argentina, señalan los autores, “a la estructuración política del movimiento (populista) y su ascenso al poder, antecede un momento inicial en el proceso de industrialización en el que tiene lugar un intenso ritmo de acumulación capitalista, sin la vigencia simultánea de   políticas distribucionistas  que puedan operar una integración (…) de la clase obrera en el sistema”. En el caso de Argentina los comportamientos de la clase obrera no cambiarán respecto de los modelos de conducta en países industrializados europeos, por lo que los rasgos que hacen particulares al movimiento peronista habría que buscarlos en las “modificaciones operadas por un crecimiento industrial desplegado en la dependencia externa, que llevará a “nuevos reagrupamientos y alianzas entre sectores y clases” los cuales serán absolutamente diferentes a los que tuvieron lugar  en el modelo clásico de industrialización de los países centrales. Además para ellos la diferencia habrá que buscarlas en el hecho de que “la búsqueda de participación obrera se cruzó con fragmentaciones y reagrupamientos en el interior de las clases propietarias y de los grupos que tendían a representarlas de modo que la alternativa para una alianza interclases se abrió rápidamente”. En el caso argentino, explayan, el crecimiento industrial, enmarcado en la dependencia, sumado al control que ejercieron las capas sociales y grupos políticos ligados a la tierra, generaron el desarrollo de unas fuerzas internas “no obreras”, que también fueron marginadas y cuya presencia obligó a cambiar y desplazar momentáneamente el eje de conflicto tradicional entre clases propietarias y obreras, produciendo un nuevo realineamiento de fuerzas que “cortó verticalmente a la sociedad y se cristalizó en nuevas formas de alianzas de clases, elaboradas a partir de la coincidencia  en un     proyecto más amplio de política nacional”.[6]
Para concluir los autores Murmis y Portantiero, comprobaran que la particularidad que distingue al peronismo dentro de la tipología  de movimientos nacional populares, es que “en él la participación obrera a través de organizaciones sindicales, ya sea en el momento de su apogeo como en el de su estructuración o su caída,  tiene un peso propio en relación con las otras formas posibles de participación, como no lo alcanzó en ninguna experiencia nacional popular contemporánea en América latina”, este punto de vista estará dado desde, no una “heterogeneidad” de la clase obrera como planteaba Germani, sino desde una “homogeneidad”  de la clase obrera “como fuerza de trabajo explotada” en un momento de culminación de un largo proceso de acumulación sin distribución.[7]

Esta hipótesis también será trabajada por Louise Doyon en su artículo “La formación del sindicalismo peronista”,[8] donde  trabajara las reacciones del movimiento sindical frente al nuevo fenómeno.
Para comenzar la autora explica que las principales corrientes sindicales,  los comunistas y socialistas, serán las que conocerán el rigor del régimen.  En su análisis la autora menciona que en el momento del  golpe de 1943 solo un 20 % de los trabajadores estaba organizado, y que incluso había divisiones en el movimiento, porque los conflictos entre socialistas y comunistas (algo también tomado por Puiggros en su análisis) habían conducido a la formación de centrales sindicales rivales. El clima de represión sostenido por los militares fue cambiando con la designación de Perón al frente del Departamento Nacional del Trabajo, ya que él poseía “una visión de la cuestión social más elaborada y menos regresiva”. Perón creía que era necesario “rehabilitar el papel mediador del Estado entre el capital y el trabajo”.[9] Según señala la autora a la llamada de Perón los dirigentes sindicales fue cuidadosa, con bastante “recelo”, la novedad estuvo  en “la transformación del Estado en una instancia política a la que podían recurrir los trabajadores para equilibrar las relaciones de fuerza en el mercado de trabajo”[10].  Pero como menciona, el “compromiso político” que buscaba Perón con los sindicatos se le mostró esquivo; “los dirigentes obreros aprovecharon las nuevas oportunidades, mientras que al mismo tiempo, trataban de mantener la mayor distancia” del gobierno. Esta “táctica oportunista”  será mantenida hasta 1945, con la nueva situación en  el terreno internacional. Con la ofensiva de los empresarios hacia las medidas de la Secretaría de Trabajo y con la situación de crisis política que obligo a Perón a renunciar, los “dirigentes obreros tomaron partido, en defensa de Perón”.
Luego de lo acontecido el 17 de octubre, los “líderes obreros de los más diversos orígenes” trataron de participar de forma autónoma en la contienda electoral” con la formación del Partido Laborista, y ofrecieron la candidatura a Perón, quien luego de ganadas las  elecciones trató de disminuir en el movimiento las pretensiones de autonomía, hasta llegar a la CGT, la cual se transformo “en un representante del gobierno ante el movimiento obrero”.[11]   Pero la autora avanzará hacia la refutación de la teoría que proponía un “repliegue del movimiento sindical como actor sociopolítico” desde lo ocurrido con la CGT y hasta 1955. Según esta hipótesis, el “movimiento sindical, devendría en una fuerza impotente, mientras que la masa obrera, predispuesta a una relación paternalista, se limitaría a recibir pasivamente los beneficios sociales”, esta afirmación, sostiene Doyon, seria restarle importancia al movimiento sindical durante la década, porque “los sindicatos consiguieron retener la capacidad de promover los intereses sectoriales de los trabajadores” y añade que la experiencia obrera en estos años no fue la propia de una “masa amorfa e inorgánica activada por la convocatoria de un líder carismático”.
Los datos sobre los que la autora sostiene esa expresión provienen de los datos del movimiento sindical luego de 1946, según Doyon “hacia 1943 difícilmente se podía hablar en la Argentina de un sindicalismo de alcance nacional. Eso fue lo que cambió y muy rápidamente a partir de 1946”, esto se debió en parte a los “auspicios del gobierno”   que lograron hacer crecer los niveles del movimiento obrero organizado a un nivel nunca visto. El crecimiento fue tal que la autora señala que “a partir de 1950 (…) el nivel de afiliación alcanzó  valores comparables a los de los países de Europa”.
Pero el movimiento obrero no se limitó  sólo a masivas afiliaciones ni a expresiones multitudinarias avalando a su  “líder”, sino que además de eso a partir de 1946 lograrán mediante paros y huelgas un ola de “movimientos reivindicativos”[12].  Incluso  cuando la CGT fue cooptada políticamente por el gobierno, las estadísticas demostraron que fue “el pico máximo de la movilización obrera”.
Para concluir su análisis, Doyon menciona que para el sindicalismo y el movimiento obrero la primera etapa peronista, fue una época de crecimiento, ya que “abandonó la condición periférica que ocupaba hasta entonces, para ganar una influencia notable  en la vida económica y política del país”. Esta relación que hubo entre el movimiento y el gobierno tuvo consecuencias para ambos bandos, no se “podía hablar de un sindicalismo que actuara como un grupo de presión autónomo”, pero “los poderes públicos quedaron expuestos a las demandas de los trabajadores que aspiraban a representar” y por lo tanto pasaron a ser “uno más de los instrumentos”  mediante los cuales los trabajadores ampliaban su participación social y política. A lo que añade como reflexión final que “el sindicalismo fue una de las creaciones del régimen, y de todas, fue la que logró sobrevivir a su caída en 1955”[13].



[1]Murmis, M y Portantiero J. C.; Estudios sobre los Orígenes del Peronismo; Siglo XXI; Buenos Aires; 1984. Segunda Parte: El movimiento Obrero en los orígenes del peronismo.
[2] Murmis, M y Portantiero J. C.; Estudios sobre los Orígenes del Peronismo; Siglo XXI; Buenos Aires; 1984. Segunda Parte: El movimiento Obrero en los orígenes del peronismo; pag. 129.
[3] Ibídem; pág. 132
[4]Ibídem; pág. 149
[5] Ibídem; pág. 165
[6] Ibídem; pág. 168
[7] Ibídem. P.  168 - 170
[8] Doyon, Louise; en Los años peronistas (1943-1955); Dirigido por Juan Carlos Torre; Ed Sudamericana; Buenos Aires; 2002.
[9]Ibídem. Pág. 361
[10] Ibídem. Pág. 363
[11] Ibídem pág. 368
[12] Ibídem pág. 372
[13] Ibídem. P.  402

El peronismo visto desde la historiografia nacional

El revisionismo y Perón.

Hay cierta expresión que hizo del primer peronismo, el “domicilio” del revisionismo, que a simple vista puede parecer engañoso, porque los estudios del periodo luego de 1955 abundaron,  como cierta expresión también que sostiene que el revisionismo “se teñirá de peronismo”. Matizando estas opiniones, por cierto extremista, Cataruzza dirá que son excesivas[1] porque el primer peronismo admitió la colaboración de personas que tenían distintos perfiles ideológicos, con anteriores trayectorias que los vinculaban con muchos circuitos  intelectuales, en otras palabras lo que importaba era el apoyo claro a la gestión presidencial en ese momento.
Para destacar las distintas opiniones que surgieron aun dentro del movimiento revisionista Cataruzza arguye además otros argumentos. Siguiendo un poco su lineamiento expone, que toda la sociedad, incluyendo los ámbitos políticos y culturales se vio sacudida, en especial los partidos políticos, que se vieron ante la “obligación” de elegir entre apoyar al nuevo fenómeno social que surgía o resistirse al mismo.
El revisionismo, ya es conocida su vocación política, no escapó a este dilema ni al impacto de esta nueva situación. El Instituto de Rosas, la principal institución que nucleaba a los representantes del movimiento, se vio sacudido por conflictos internos que llevaron prácticamente a su disolución con el alejamiento de Julio Irazusta quien años después explicaría:
“Era la década del sesenta y me resultaba difícil armonizar a los peronistas y antiperonistas que militaban en el instituto. A cada momento se recibían renuncias de viejos socios porque algún entusiasta  había avivado a Perón en algún acto público. El rosismo se había hecho popular y se inclinaba naturalmente al peronismo y eso no gustaba  a los nacionalistas de viejo cuño firmes en su anti peronismo, sobre todo después que cayó Perón. Los rosistas antiperonistas no acudían a las conferencias para no encontrarse con los peronistas. Y estos no tenían interés en oír oradores que no les hablaran de Perón además de Rosas. Acabé por cerrarlo, prácticamente…”[2]
Esto demuestra claramente que existieron revisionistas que apoyaron al primer peronismo y peronistas que apoyaron y adoptaron la lectura revisionista de la historia nacional.

Sin embargo, no todos los revisionistas se mostraron dispuestos a apoyar al peronismo. Dentro del ala conservadora  o “clásica”  de esta escuela, entre los que se puede citar a Julio Irazusta, se alinearon historiadores que mostraron abierta oposición al régimen de Perón.
Según lo expuesto por Omar Acha, las nuevas opiniones que los revisionistas tenían no cambiaban las viejas modalidades de estudio y de métodos utilizadas ya en anteriores trabajos. Así de esta manera, la explicación de Palacio acerca del movimiento fue no sólo brevísima y parcial, sino que además resultó ser un análisis totalmente superficial que no alcanzaba a cubrir las verdaderas causas de la aparición del “fenómeno peronista” e incluso  explicando la causa de la caída de Perón reduciéndola al “conflicto con la Iglesia”.[3]
No así fue la intervención de Irazusta, en su libro titulado Perón y la crisis argentina,  esbozaba el odio que tenia por el peronismo, al que le atribuía la insubordinación y la falta de orden. En su libro el balance claramente es más que negativo, tanto es así que ve en la historia del peronismo “la misma lacra que marcaba el sino de la Argentina asediada por el imperialismo británico” además ya cuando el peronismo había sido derrocado y Perón se encontraba en el exilio dirigió su atención hacia el conflicto que “había llevado a la caída del caudillo”:
“Desde que estalló el conflicto de Perón con la Iglesia di por sellada la suerte del tirano. La más elemental cultura histórica permitía augurar  el resultado de la lucha entablada entre la augusta institución que resistió los mayores embates del poder temporal y el inferior personaje, imitador de caudillos, pero sin condiciones de estadista ni sentido del lugar en que actuaba, que la desafiaba en nuestro país” [4] 
Claramente el “déspota desorbitado” y fuera de lugar había cometido un error fatal al  enfrentarse con la Iglesia. Durante todo su libro se concentro en defenestrar a Perón comparándolo con otros personajes de la historia como Napoleón, así por ejemplo dio crédito a una “idea propia de la clase alta” que suponía que “Perón deseaba disolver el ejército y meditaba la creación de milicias obreras”, si bien esto nunca se confirmo y el propósito solo podía hallarse en el “pensamiento del presidente” Irazusta  señalo la certeza del plan como una realidad obvia. Más interesante que las acusaciones resultaron ser las explicaciones del triunfo peronista en 1946, la victoria residió no tanto en la capacidad demagógica del líder, sino en la “estupidez y molicie” con la que los  opositores intentaron combatir, dando entender que “errores ajenos” elevaron al peronismo hacia alturas insospechadas e inmerecidas. Entre otros de sus errores es necesario destacar que Irazusta tampoco pudo ver la “popularidad evidente de Perón” y la definió como una manifestación “ficticia”, propia de un mediocre personaje.
El análisis totalmente parcial y subjetivo que realizó Irazusta, mostró no sólo el estancamiento metodológico del revisionismo, sino que además mostró la vaguedad de las afirmaciones y de los sustentos teóricos que las fundamentaban.  Como muy bien destaca Omar Acha, demostró un rasgo duradero del  revisionismo conservador, la incapacidad para pensar la historia en términos de distancia y temporalidad, algo que deja en claro ciertos anacronismos. De esta manera “las diferencias  temporales en el revisionismo oscilaban en torno a un tiempo presente” - lo que claramente se opondrá al “método regresivo” propuesto por Annales y luego retomado en Argentina por la Renovación Historiográfica de la década del sesenta- de una  manera tal que el pasado estaba regido por la repetición de lo viejo en “nuevos  odres”.
Pero dentro del revisionismo eran más las voces que estaban a favor del peronismo que las que estaban en contra, sobre todo en lo que luego se llamará “revisionismo de izquierda”, en donde Puiggros tuvo un lugar destacado.
Aún así volviendo a los planteamientos de Cataruzza la universidad no fue  un punto de desembarco masivo de revisionistas sobre todo en los lugares destinados a los estudios históricos. Es más gran parte de los revisionistas que pasaron a apoyar el peronismo, se encontraron con que parte del gobierno y de los funcionarios del movimiento elegían otra tradición más vinculada con la historiografía liberal. Esto se vio reflejado indiscutiblemente con la nacionalización de los ferrocarriles, el gobierno eligió para nombrar  las nuevas líneas de trenes nombres  propios de la “historia oficial” contra la que tanto se oponía el revisionismo,  por otro lado en los manuales de enseñanza obligatoria no se pone el énfasis sobre el rosismo, sino mas bien la referencia es siempre hacia San Martin. El panteón peronista tenía   poco en común con la tradición revisionista, incluso llegó a albergar a historiadores de grupos diversos.
Aun  así desde la “izquierda nacional” como la llama Omar Acha, Ramos realiza una relectura especial del movimiento en su libro Revolución y contrarrevolución en la Argentina, allí  toma un análisis que luego reinvertirán Germani, Romero y otros autores de la Renovación. Así expone que la base del poder de Perón estaba en la nueva clase obrera, proveniente del interior durante el proceso de migraciones internas, pero según advierte, “estas masas de reciente migración, habían entendido sin mediaciones el significado fundamental de la propuesta de Perón, y en realidad habían creado el movimiento”[5].
 De manera tal que para Ramos el peronismo venía a ser otra etapa de un viejo conflicto latente en la sociedad, las masas populares se alzaban contra fuerzas que intentaban avasallar su autonomía, al que identificaban con los sectores oligárquicos por estar sometidos al yugo extranjero. En este análisis realizado por Ramos se vislumbra lo que Omar Acha reseñó sobre el “neorrevisionismo” que abordaba temáticas con métodos prácticamente obsoletos, que no permitían ver la temporalidad de las cosas, e incitaban a creer en la repetición de los hechos en la historia. Esta interpretación del peronismo cuadraría perfectamente con el “bonapartismo”, ya que Perón logró congeniar o amalgamar los intereses de las masas con un “sentido nacional”, manteniendo la impronta burguesa del régimen. Es conocido el discurso dirigido a los capitalistas y empresarios, en el origen de su carrera política, al mismo tiempo  que  intentaba dar soluciones a los problemas que el imperialismo provocaba.
Un tanto más complicadas serán las filiaciones que intentará establecer Puiggrós entre las ideas marxistas (presentes en su formación) y la doctrina peronista. De hecho Rodolfo  tuvo que abandonar el movimiento comunista que había abrazado en sus orígenes como historiador - fue expulsado del partido comunista- y de esta manera abrazó al peronismo, creyendo y esperando convertirse en el teórico fundamental del movimiento que llevaría a una “revolución nacional” que seguiría los pasos de la teoría de Marx, evidentemente pasando primero por una etapa “democrático-burguesa” (donde situaba al peronismo) para pasar luego a un movimiento socialista (en realidad ni los dirigentes, ni siquiera las masas peronistas pensaban en ceder  espacio a esas ideas).
En su análisis retomará  la propuesta de Ramos, la resolución de un viejo antagonismo o conflicto entre clases y sus intereses, atribuyéndole méritos al General, pero por otro lado también a la incapacidad de la oposición. Por ejemplo para resaltar esta opinión basta con analizar un fragmento de su libro: El peronismo: sus causas:

“A la consagración del  liderato del coronel Perón por el levantamiento obrero del 17 de octubre de 1945 contribuyeron tanto los peronistas como los antiperonistas. El reconocimiento del liderazgo por los primeros carecería de sentido sin su desconocimiento por los segundos y viceversa. Es obvia la significación dialéctica del dicho popular no hay pro sin contra, pues resulta impensable e  irrealizable una ortodoxia sin heterodoxia (claramente apelando a la concepción marxista), una fe sin herejía y aun el pensamiento a dogmatico se despliega como antítesis del dogma.”  A lo que además añade sobre los viejos conflictos contra el “imperialismo”:
“descartamos, en consecuencia, el análisis de aquella jornada de explosión popular y de sus causas inmediatas desde un punto de vista no científico, es decir unilateral, sea en pro o en contra. Lo haremos partiendo de la totalidad concreta de la política argentina, política escindida, desde el golpe militar del 4 de junio de 1943, en dos partes. Un cuarto de siglo después, esas dos partes no se han reconciliado, ni lo harán nunca, ya que expresan la contradicción fundamental de  nuestra sociedad” (otra vez apela a la dialéctica marxista);  y apela a los conflictos inherentes, según su opinión a nuestra sociedad: autodesarrollo vs coloniaje, nacionalismo vs liberalismo,  democracia directa de masas o democracia fraudulenta de pocos.
Lo que realmente llama la atención es la filiación que realiza entre el ascenso político de Perón sobre las masas obreras y la pérdida de influencia de los comunistas y socialistas en el movimiento obrero. En su libro dedicado a las causas del peronismo, que forma parte de su Historia Critica de los Partidos Políticos  realizará un esquema donde sus críticas apuntaran al Partido Comunista como divisor del movimiento obrero, lo que realmente llama la atención, más aun conociendo, que había sido militante y afiliado del Partido Comunista Argentino.   
En el capítulo de este libro, titulado “Del 4 de junio al 17 de octubre” expondrá algunos documentos y argumentos que el partido comunista realizara a la obra del Coronel Perón. Por ejemplo, destaca que el Partido tenía como principales objetivos: “unidad contra la dictadura militar fascista, abandono de la lucha por las reivindicaciones inmediatas y de los conflictos parciales que distraían fuerzas y perjudicaban la formación de la Unión Democrática, huelga general e insurrección para derrocar al gobierno”[6].
Además siguiendo su explicación, otra de las causas de la constante perdida de adeptos a las ideas de izquierda en los trabajadores es que, según su opinión, la muralla ideológica que separaba a los comunistas y socialistas se vino abajo con la nueva orientación del movimiento comunista en Argentina, que esperaba el paso a una sociedad comunista por la vía de una “revolución pacífica”, por lo que de ahora en adelante entre los dos partidos “solo quedo la competencia por la hegemonía política”[7]
Además para él, esta pérdida de influencia  del comunismo en la Argentina se vio reflejada en la “huelga general revolucionaria” que preparo el partido para derrocar al gobierno. Esta huelga, según su opinión fue un fracaso y reveló que “los obreros estaban con Perón y los conservadores y agentes  del imperialismo conspiraban junto con el partido comunista”[8].  Añade además que los comunistas y socialistas estaban tan compenetrados en los preparativos insurreccionales, que olvidaron las luchas parciales por reivindicaciones inmediatas, esto, según plantea,  le “brindo al flamante secretario, amplio campo para desplegar lo que ellos llamaban “demagogia” ”.[9]
Siguiendo con su formulación contra el accionar del comunismo, menciona que, “el movimiento de masas” que tanto olvidaba y menospreciaba la izquierda, lejos de aparecer como “pasivo receptor de las directivas del Estado, accionó sobre el Estado y sobre el mismo Perón”, ya que “se impuso en octubre de 1945, sostuvo a Perón en la presidencia y, si bien no evitó su caída, se mantuvo irreductible las directivas del gobierno gorila (claro vocabulario revisionista, con tinte político) y a los manejos de las desprestigiadas izquierdas”. Además añadió que a las izquierdas les preocupaba mas “demostrar que Perón hablaba como un nazi”[10]    
 Para terminar y volviendo a la afirmación de Omar Acha en los párrafos posteriores de su libro Puiggros esgrimirá que  los conflictos se “superaran mediante la supresión del segundo de los términos, con el triunfo revolucionario de la clase obrera, abanderada de la lucha nacional emancipadora y de su indispensable complemento: la economía y la propiedad de clases”.[11]
Claramente como se ve en sus escritos Puiggros estaba convencido de que el peronismo se convertiría en un movimiento de liberación nacional, sin embargo en su análisis se descuida, se olvida o simplemente obvia evocar en términos conceptuales la base de sus razonamientos. De manera tal que luego de  derrocado el peronismo advertirá o se limitara a exponer las causas de su caída en una “incapacidad para llevar hasta sus límites últimos la tarea revolucionaria”. Otro de los aspectos a criticar del análisis “marxista” de Puiggros es su obcecada y urgente  intención de manifestar su posición política, olvidando así de profundizar sus análisis, de hecho para corroborar su opinión marxista del peronismo no se aboco a un análisis exhaustivo de los múltiples aspectos del peronismo, sino que redujo todo ese análisis a una vaga ilustración histórica, en donde la revolución nacional-democrática estaba ligada inevitablemente al peronismo.



[1] Cataruzza, Alejandro y Fujanian; Políticas de la Historia Argentina. 1860- 1960; Alianza Editorial; Buenos Aires;2003; P. 172
[2][2]Hernández, Pablo; Conversaciones con José María Rosa; Bs. As.; 1978. P. 150
[3] Acha, Omar; “Interpretaciones historiográficas del peronismo”; en Pagano, Nora y Rodríguez M; La historiografía Rioplatense en la Posguerra; Buenos Aires; La Colmena; 2001;P. 120
[4] Irazusta, Julio; “Perón y la crisis argentina”. Buenos Aires; Independencia; 1956.
[5] Acha, Omar; “Interpretaciones historiográficas del peronismo”; en Pagano, Nora y Rodríguez M; La historiografía Rioplatense en la Posguerra; Buenos Aires; La Colmena; 2001  


[6] Puiggros, Rodolfo; “El peronismo y sus causas”; Buenos Aires; Galerna; 2006. P. 120

[7] Puiggros, Rodolfo; “El peronismo y sus causas”; Buenos Aires; Galerna; 2006. Pag 121

[8]Ibídem. P. 123
[9] Ibídem. P. 125
[10]Ibídem. P. 127
[11] Ibídem. P. 130